De joven poeta de cuarenta años, como decía -según Comendador- Ángel González, a viejo jubilado y más ocioso de lo que acaso conviene. Dos décadas completas, cuatro lustros, diez bienios... y sí, joder, que cómo pasa el tiempo, que nunca lo hace en vano, que siempre deja surcos, huellas, cicatrices, secuelas que no pueden ocultarse. Veinte años, sí, de aquel librito en el que puse tantas ilusiones, tantas ganas, tanta agria energía, pues por aquel entonces apenas podía ser otra cosa que agrio.
Y desde entonces, otros seis libros de poemas, un par de ellos premiados, unas cuantas colaboraciones en obras colectivas, antologías, revistas y esas cosas; las cosas del Aula de Poesía de Barcelona, el festival Horts de poesia, las campañas Ciutat enVers... Retirado ya de todo ello, del trabajo con el que me ganaba la vida, del ir y venir constante y cansado, veo que estos veinte años han sido productivos, sí, pero también pesados, por todo lo extraliterario, por estar pendiente de tanta gente y tantas cosas, por el esfuerzo prolongado para permanecer visible y presente. Todo eso, afortunadamente, se acabó.
Habría sido agradable, bonito, emotivo, hacer algún tipo de celebración. No todos los días sucede un vigésimo aniversario. No ha habido posibilidad alguna de perpetrarlo. Tal vez en el futuro.
Pretendo recuperar la alegría, en mi vida y en mis versos. El pintor Joaquín Torres-García dijo: "Creo condición indispensable del arte la serenidad y la alegría", y estoy plenamente de acuerdo con sus palabras. En ese camino quiero avanzar, para, como afirmaba Aldous Huxley, "construir formas vivas con los fragmentos del caos".