lunes, 22 de junio de 2015

GANAS DE SER BOB DYLAN SI NO FUERA TAN VIEJO






Ganas de ser Bob Dylan
si no fuera tan viejo
si no estuviera enfermo
con esa voz tan rota
tan gastada
con esa tos de perro
que se lleva
la tosca melodía
y compone la coda
de una rapsodia nunca
terminada

ganas de ser Bob Dylan
o King-Kong
o el hombre de la mancha
sin la mancha
o el que huye de todas
las respuestas
que traen los alisios
o deja tras de sí
la tramontana

ganas de ser el otro
si el otro no amenaza
ganas de ser John Coltrane
o cualquiera
que sople en la penumbra
una verdad metálica
y viciosa

ganas de ser Ulises
nacido en el fragor
de la pelea
y huyendo siempre
del enfrentamiento

ganas de ser Bob Dylan
y romper la guitarra
en las espaldas
de tanto malnacido

ganas de ser tú mismo
ganas de no ser nada














domingo, 21 de junio de 2015

CATULIANA








Siempre deseaste que mi casa
fuera la más indigna del imperio.
Un nido de sombras,
un rincón sin música.
Cuántos pasaron de largo
con indiferencia,
cuántos escupieron junto al umbral oscuro.
Cuántas amenazas escuché desde el fondo,
en el patio de arena salada,
mientras miraba mis manos
hacerse viejas
igual que tu mirada.
Y ahora,
que te entrego las llaves,
que te regalo todo su vacío,
los viejos pergaminos,
las estatuas desnudas, desmembradas,
las voces que frecuentan sus pasillos,
te excusas con un simple no recuerdo.
Bastardo de cien padres,
ojalá que te duren
la vida y la memoria
para ver cómo llueven los inviernos
sobre ese vino agrio
que guardas para, un día,
celebrar tu victoria.





















sábado, 15 de noviembre de 2014

OFICIO DE ESTAR






No tirar la toalla.
                         Conservar
aquella sensación casi olvidada
de que todo es posible.
Remar en estas aguas sin pensar en Caronte;
dejarse marear, pero no marearse,
beberse todo el güisqui (poco a poco).
Apurar los silencios (nunca sabes
cuándo se callarán).
Apurar las palabras (aunque nadie lo crea,
acaban agotándose).
Dejar que la belleza
presida hasta los actos más absurdos,
los más intrascendentes.
Calibrar cada cuerpo con mira milimétrica;
quedarse en casa cuando todos van,
no criticar a nadie sus idas y venidas,
no sucumbir a los desasosiegos,
no engañarse a sí mismo ni a los otros,
no eludir lo difícil,
no perder ni un minuto en lo imposible.
No olvidarse de nadie
(todos cuentan).
No cambiarse de nombre
                                      (las palabras
encierran un destino, o algo así).
No tirar la toalla, no tirar la toalla, no tirar la toalla.
Repetir cien mil veces cada día
(si fuera necesario):
                              No tirar la toalla.








jueves, 24 de abril de 2014

Sant Jordi









Huyeron los dragones,
quedaron los amigos,
la calle se hizo hermosa
y se llenó de versos
y de rosas.






                      Gracias a todos por vuestro apoyo.

           


















jueves, 10 de abril de 2014

IPHONEMAS [I]





     Explosión de color en la Gran Vía





















































martes, 18 de marzo de 2014

IMPORTA [Panteón, I]





                                                                      A Juan Gelman, in memoriam



Nos importa saber que has sido hombre,
para nosotros hombre
y voz que llevar puesta
porque es largo el invierno de los hombres
y corta la esperanza
de que algo mejore.
                              Nos importa
haber visto en tus ojos de viejo lince bueno,
en tus ojos de padre malogrado
la huella del cansancio,
nunca la rendición.
                            Importa ahora
saber que por delante
un erial de silencio nos espera.
Vivimos en el duelo de vivir.
Vivimos tu silencio, tu ausencia capital,
un algo esperanzados
por la fosforescencia de tus huesos
señalando caminos en la noche.
























sábado, 2 de noviembre de 2013

Sobre Cavalo Morto o lo que sea






Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Ledo Ivo. Esto lo supe por Juan Carlos Mestre hace algunos años. Antes de eso nunca había oído hablar ni de Cavalo Morto ni de Ledo Ivo. Ledo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco, decía Mestre, y esto ya fue el colmo del asunto. Ese día no pudo ser, pero al día siguiente me lancé a la búsqueda de cualquier rastro escrito que pudiera hallar de Ledo Ivo, y la suerte estuvo de mi parte, porque encontré “La moneda perdida”, un volumen editado por Olifante en 1989, con traducciones de Amador Palacios, y que incluía una inquietante fotografía del hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco, y pude comprobar que, efectivamente, aquel rostro parecía el de un hombre viejo y enajenado. Después, leyendo el libro, pensé que la locura bien podían haberla causado los murciélagos, y pensé que me gustaría escribir un poema sobre Ledo Ivo, la locura, los murciélagos, Cavalo Morto, Juan Carlos Mestre o lo que fuese, pero no lo escribí (estaba cansado y no se me ocurría nada que valiese la pena). Poco tiempo después murió mi padre, y un poco más adelante vi una foto de Juan Gelman y reconocí los ojos de mi padre, la nariz de mi padre, las orejas, los pómulos, la boca, el bigote de mi padre. Y ahí sí (cosa extraña, porque volvía a estar cansado) escribí un poema y me guardé la foto en el ordenador:

                                          …Verdor felino lluvia
                            o sangre, sea cual sea la distancia,
                            gato tierno y salvaje, lince bueno…

Y ya mucho después, amaneciendo

                            El 22 de agosto del año 2013,
                            llegaron a mi casa los murciélagos…

(Como si se tratara de una epifanía).

Finalmente, hace un par de días, fui a hacerme unas fotos, para renovar el deneí, y ahí vino la sorpresa: me sacaron con los ojos de loco del viejo Ledo Ivo (bueno, con los míos, pero recordaban a los suyos). Y pensé: pero si yo soy hijo de Juan Gelman, y recordé que el viejo loco Ledo Ivo decía que los murciélagos son ciegos como nosotros, y cobró sentido la mirada del viejo enajenado que llevaré los próximos diez años en mi absurdo carnet de identidad de un país que tal vez no sea el mío. Pero ahora ya sé que es la ceguera y que he vivido casi cincuenta años con los ojos muy abiertos de estupor pero sin ver apenas nada. Saqué una fotografía antigua, en blanco y negro, de un padre que sostiene en brazos a su hijo, mi padre con su hijo, el hijo que aún no tenía cara de loco, y me dio por escribir:

                            Ciegos como nosotros,
                            salvando las distancias,
                            guardándonos de nadie,
                            resolviendo gotera tras gotera.
                            Ciegos como los otros,
                            agua vieja y ceguera
                            y apenas un recuerdo.
                            Yo sé que tuve un padre,
                            lo sé porque lo veo
                            allí, junto a mi madre,
                            en las fotografías,
                            porque sostiene a un niño entre sus brazos
                            que dicen que soy yo.
                            Dos extraños ahora,
                            entonces separados
                            por un enorme abismo
                            de treinta y cinco años.
                            Dos extraños entonces, porque apenas
                            uno de ellos (yo)
                            acababa de entrar en esta escena
                            sin grandes aspavientos,
                            con un mínimo llanto.
                            Extraños, pero estaba
                            seguro en esos brazos,
                            seguro como nunca he vuelto a estar.
                            Y él, ufano, orgulloso,
                            feliz (eso parece),
                            joven, indestructible…
                            carne de cementerio.
                            Yo, carne de su carne,
                            la sangre de su sangre, que algún día
                            será carne, también, de cementerio,
                            como si nada hubiera sucedido,
                            como si abrir los ojos
                            significara el fin de la película,
                            de una historia sin héroes,
                            con argumento triste y un guión de tercera,
                            y apenas un segundo
                            para recomponer aquella imagen
                            tierna y vulgar a fuerza de repetirse tanto:
                            padre muerto sostiene entre sus brazos
                            al hijo que envejece en la penumbra.

         SVH, 24.10.13